miércoles, 16 de octubre de 2013

Relojes

Hoy, como cada día, me he metido en la ducha. Estaba a punto de echarme el champú cuando he caído en la cuenta de que no estabas tú para enjuagarme el pelo. Me han venido a la cabeza esos días en los que desafiábamos a la física y entrábamos los dos en ese plato de ducha que medía apenas un metro cuadrado. He llegado a dudar si mi cara estaba mojada por las gotas que caían del grifo, o por las que caían de mis ojos. Es que me cuesta un poco asimilar que el único rastro que dejaras al huir fuera el de tu recuerdo... Quizá sea por las falsas promesas que me hiciste y que yo, sabiendo que no debía, me creí. Quizá sea por los besos que me diste y que yo, sabiendo que no querías, confundí.
Te prometo que he intentado averiguar por qué quisiste deshacerte de mí, sustituirme, olvidarme... Pero no lo he conseguido. Sigo sin entender en qué momento las pilas de ese reloj al que llamábamos amor dejó de funcionar. O por qué decidiste tú romperlas. Pero qué más da las vueltas que le dé, o las pilas que compre, ningunas harán al reloj volver a ponerse en marcha, porque falta una aguja, y esa aguja eres tú.

martes, 13 de agosto de 2013

Adiós por segunda vez

¿Cómo cojones dejo de imaginarte saliendo de la ducha con el pelo mojado y con una sola toalla cubriendo tu cuerpo? Ayúdame porque no tengo ni idea de por dónde empezar. Ya hace dos meses que me abandonaste y sigo sin asimilarlo. Supongo que es normal, ¿no? Cuando miras un puzle y ves que falta una pieza, se nota su ausencia. Cada noche confundo a la soledad contigo y me peleo con ella porque se empeña en acaparar la sábana y dejarme descubierto y pasando frío. ¿No podrías volver y permitir que te dé un beso más? No quiero explicaciones de por qué te fuiste, no me interesan. Solo quiero que vengas, toques a la puerta de mi casa, me beses y acabemos en mi cama siendo conscientes de que esa será nuestra última muestra de amor. He estado pensando y planeando un robo. Sí. Tengo derecho. Tú me robaste el corazón y yo solo quiero robar un par de cosas de tu habitación y traerlas a mi casa para que me llames y me preguntes si te las dejaste aquí. Para que me llames. Para escucharte una vez más. Para saber de ti y para no tener que imaginarme tu voz. Para que vengas a recogerlas y yo pueda verte. Que no puedes irte, y menos sin más. Que yo te necesito pululando por mi pasillo. Que se me hacen infelices las mañanas si no te enfadas porque te despierto con cosquillas en la barriga...

lunes, 5 de agosto de 2013

Adiós

Se fue. Dejándome un sabor a desamor en los labios. Decidió rehacer las maletas que había deshecho en mi corazón hace unos meses y abandonarlo como si nada. Sin pensar que ella era la pieza que le faltaba a ese corazón para completarlo. Y la última imagen que permanece en mi recuerdo es la de su cuerpo en mi cama dándome la espalda. Esa espalda y sus lunares, queriendo imitar a la noche y sus estrellas... La misma espalda que pedía a gritos todas las noches que le besara hasta llegar a mi zona favorita. Sus nalgas. Las cuales me suplicaban unos mordiscos suaves y cariñosos, y unas caricias, y unas miradas de deseo. Se acaban de cumplir cinco minutos desde que abandonó mi casa para no volver nunca más. Ha venido a por su perfume favorito -que también es el mío- y a decirme que ya lo tiene todo, que ahora sí que se va de verdad. Nunca entenderé por qué utiliza perfume, si ella desprende la mejor fragancia que jamás podáis oler. Esa espalda ya no estaba desnuda, ni esas nalgas, y mucho menos ella se ha preparado un té rojo, puesto mi camisa azul cielo y tumbado en mi cama, como solía hacer. Esta vez ha permanecido vestida todo el tiempo, y su espalda pedía otros besos, y sus nalgas otros mordiscos, otras caricias y otras miradas, o tal vez otros ojos. Pero ella estaba igual. Igual de guapa, quiero decir. No ha cambiado nada. Ahora tal vez esté deshaciendo sus maletas en otro corazón o instalándose en otra cama, en otra vida. Siendo la pieza de otro puzle. Yo de momento mantengo la esperanza de que sus reconciliaciones con el dueño de ese posible "otro corazón" sean diferentes a las nuestras. Y también la razón por la que tenga que haber reconciliación. Y espero también que su manera de sonreír de buena mañana sea distinta. O que cambie de repertorio a la hora de cantar canciones bajo la ducha. Que yo jamás me cansé de escuchar las mismas una y otra vez, pero era un espectáculo que ella hacía para mí. Y solo para mí. A lo mejor no espero ni creo que nada de esto pase, y solo son mis ganas... El caso es que se fue y ha dejado impregnado en mí un olor a "adiós". Al adiós que nunca le pude decir.

lunes, 22 de octubre de 2012

Viaje a la Alcarria, digo... a Ponferrada.

El equipo de mi padre había conseguido pasar por todos los obstáculos que se interpusieron en su camino. Tanto los fáciles como los difíciles. Sudando cada pase, sufriendo cada ataque, mereciendo cada victoria, lograron su objetivo: el ascenso a segunda división, la entrada a una liga más profesional, más complicada, su premio. Mi hermana y yo solo disponíamos de veinticuatro horas y todavía teníamos mil kilómetros por delante para llegar a tiempo y poder celebrar el ascenso junto al causante de toda aquella euforia: el entrenador del nuevo equipo de segunda, mi padre. El hecho de que constantemente surgieran sucesos que intentaban impedir que hiciésemos lo imposible para cantar y gritar las canciones de ánimo que la afición le dirigía a los jugadores, nos hizo pensarlo un par de veces. Pero se quedó en eso, en simples pensamientos que no duraron ni dos minutos en nuestras mentes. En cuestión de dos horas nos preparamos para tan largo y ansiado viaje. El primero de los vehículos fue un autobús que nos conduciría durante tres horas hasta Valencia, donde nos esperaba un taxi hacia la estación del AVE Joaquín Sorolla. Al llegar allí nos encontramos con la desapacible sorpresa de que sus puertas no abrían hasta cuatro horas más tarde, es decir a las seis y cuarto de la madrugada. No había nadie más en aquella calle excepto nosotras, dos alocadas jóvenes, vestidas y pintadas de azul y blanco, tapadas con bufandas de la S.D. Ponferradina. Dormir era casi imposible, pues la desesperación, el júbilo y el entusiasmo por dejarnos la voz en los cánticos anteriormente mencionados, casi salían por cada uno de los poros de nuestra piel. ¿Y qué mejor forma de desatar la tensión acumulada –pensamos- que practicando todas las canciones que iban a ser vociferadas el día de la celebración? Las cuatro horas de espera dieron hasta para la grabación de un vídeo de aviso a los ciudadanos de Ponferrada de nuestra próxima llegada. El trayecto en el AVE fue breve pero intenso. Una hora y ya estábamos en Madrid, listas para coger el convoy que partiría con nosotras dentro rumbo León, provincia de Ponferrada. Este recorrido fue el más largo de todos, con una duración de casi cinco horas. Pero, ¿qué eran cinco horas en movimiento y viendo constantemente a gente pasar comparadas con cuatro acompañadas únicamente de la soledad? No eran nada. Si hay algo siempre presente en mi hermana es su contagiosa sonrisa, a veces más visible y a veces menos, pero siempre está, y así transcurrimos las dos, con una sonrisa en la cara. Cualquier extravagancia que se pudiese contemplar en el vagón era digna de ser comentada y valorada por dos jueces, insisto, con la cara pintada de azul y blanco (o más bien azul celeste) como nosotras. Criaturas inocentes, las hermanas protagonistas, y totalmente desconocedoras de la rivalidad entre el equipo de la ciudad de León y la de Ponferrada, nos plantamos en la estación de trenes con todas las señales posibles que indicaban a qué equipo animábamos. A mi hermana y a mí comenzaban a preocuparnos algunas miradas de los peatones, pero aun con tal desconcierto en el cuerpo, seguimos caminando hacia la puerta, donde nos aguardaban mi madre y mi padre, quienes habían hecho el sacrificio de pilotar durante una hora un coche para recogernos y llevarnos a Ponferrada por fin. Sin lugar a dudas, hasta el mismísimo Robinson Crusoe se sorprendería si tuviera la oportunidad de conocer nuestra aventura de quince horas, yo todavía lo hago al recordarla, por supuesto, con una total inexistencia de arrepentimiento, y con una felicidad inexplicable en mi rostro y en mis entrañas.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Se apagan las farolas

Al principio podía percibir un olor a jazmín, un penetrante olor a jazmín. Luego, mi olfato se concentraba un poco más y se podía distinguir el olor a rosas mojadas. Me senté en una piedra húmeda, pero grande y acogedora, a esperar. Un tiempo después, cansadas mis piernas de estar sentadas sin hacer nada cual objeto inerte, me convencieron y me hicieron dar un bote y empezar a andar. Comencé a escuchar golpecitos en el suelo, pero eran leves, a penas se podía decir de dónde venían. Más tarde empezó a aumentar el sonido, y con éste los aromas de las plantas de mi jardín. Salía de mi casa y sobre mi pelo surgió un líquido inodoro que resbalaba por mis cabellos finos, y que comenzó a mojar también mi camiseta. Fue quien me obligó a meterme bajo un puente, porque resultaba irritante sentirlo constantemente. Cuando por fin dejé de escuchar los ruidos en el suelo, y en las hojas de los árboles, me decidí a salir y a encontrar un nuevo lugar donde sentarme, que no fuese mi casa. Un fuerte olor a tierra empapada permaneció dentro de mi nariz. Seguía caminando tranquilamente por las silenciosas y olorosas calles de Madrid cuando súbitamente mi pie fue a parar a un charco, que dejó un olor a bacteria en mis botas nuevas. Estúpidos días de lluvia, siempre vienen cuando no deberían.

Después de haber maldicho una y otra vez a la lluvia, pude sentir cómo una sonrisa se dibujó en mi cara después de haber olido el aroma del sol. Ansiaba tanto su salida… Qué sonido tan agradable el de la risa de mi querido sol, y qué pena que tuviese que llegar la luna a fastidiarlo todo, con sus noches oscuras y sin emoción. Nunca traía nada nuevo, rara vez se presentaba con alguna estrella de más, pero siempre tenían todas la misma aburrida función. Se posaba ahí para que los locos enamorados pudiesen verla y mentir sobre lo bonita que estaba la luna desde sus grandes balcones. ¡Pero qué diversión podía tener un óvalo grisáceo y blanquecino en el que ni siquiera se distinguía un tímido rostro de mirada profunda, sino diversas manchas que no transmitían ningún sentimiento que no fuera distinto al del asco y la tristeza! Ya estaba llegando a mi casa y, aunque todavía quedaba un trocito de sol reluciendo tan bello como siempre, seguía aquel olor a hierba calada que tanto deseaba que desapareciera. Por más que se lo pedía, no me hacía caso, no quería escuchar mis aullidos de lobo desesperado por encontrar comida.

jueves, 2 de junio de 2011

Mi querido Bibo

Hoy es sábado, y como el resto de los fines de semana pronto me convertiré en inmigrante. Se me olvidaba! Mi nombre es Bibo, soy un bichobola. Ahora son las tres de la tarde, así que los niños no tardarán en llegar. Mi vida no es diferente a la del resto de los bichobolas con los que me encuentro algunos sábados, viernes, domingos e incluso algún día entre semana. Hay veces que vivo una semana entre las mismas ramas, si me escondo bien entre la tierra, algo que es muy difícil, ya que mi caparazón ha ido creciendo y estoy gordo, pero por eso también dejan de cogerme. Perdí a mi madre cuando yo era un recién nacido. Llegué a la conclusión de que me raptaron, mejor dicho, me transportaron, porque los bichobolas pequeños hacen más gracia o dan menos asco. Antes, cuando era un bebé del tamaño de la mitad de una lenteja, era una inmigración constante, todos los días al menos dos veces me metían en una caja con minúsculos agujeros en la tapa, de la que, después de dos largas horas, al fin conseguía salir, escuchando las siguientes palabras antes de ello: "Vamos, tira a los pobres bichejos, quieren estar con sus papás y sus mamás...". Esa frase nunca variaba. Lo que ellos no sabían era que jamás volvería a toparme con mi madre, o por lo menos eso creía yo. Bueno, de momento sigo estando en lo cierto, quién sabe si estará muerta o en una caja ahora mismo, quizá está ahora mismo pasando ante mis ojos, pero yo no la reconocería seguramente. Te acabas acostumbrando a esta vida. Aprendes a esquivar las pisadas de los gigantes, e incluso a hacerte el muerto si eres un profesional.
Recuerdo una vez, cuando yo tenía por los tres años, que conocí a Babi, qué preciosas eran las líneas marrón tierra que cubrían su caparazón de color grisáceo! Y sus pequeños ojos, aquellos que me miraban y me hacían ponerme en bola cada vez que lo hacían, quizá de la vergüenza. No duró mucho nuestra pequeña historia de amor, solo seis días, los suficientes para demostrarle lo mucho que le quería yo, y viceversa. Hoy todavía vivo con la esperanza de encontrarme con ella algún día, o con mi madre. De mi padre nunca supe nada. He oído hablar de un hombre fuerte que llevaba mi apellido, y que luchó cuanto pudo por salvar a los bichobolas. Quizá era él, pero no lo sabía con certeza.
Mi vida es difícil, noto cómo cada día me va afectando más. Noto como la vejez va corriendo por mis huesos, noto como poco a poco los niños me van tocando cada vez menos. Y ya no sé si eso me alegra o no... Ya me he acostumbrado a estar solo, pero aún así, mi vida sigue siendo difícil. Quizá una tarántula, a lo mejor un pájaro, puede que un niño sin querer, me coman, o tal vez desaparezca de un brusco un pisotón. Ya no me importa nada, solo seguir con ese hobby que tengo desde muy pequeño, que es leer hasta el fin de mis días.